Tú escribes sobre el hombre en el campo de concentración
yo sobre el campo de concentración en el hombre
En tu caso las alambradas están en el exterior
En el mío anidan en el interior de cada uno de nosotros
(…)
Miseria
Miseria
Al atardecer
Miseria alcoholizada
R. Kapuscinski

 

 

 

Quizá un detalle. Un eco que se ha ido amplificando durante los duros cuatro días que han pasado desde que dejé esa ciudad es lo consolidado que está el boca a boca. No hay necesidad de hacerle preguntas a ninguna institucionalidad, ni a la policía, ni a las oficinas turísticas ni a los recepcionistas de los hostales. El rumor posándose de mente en mente se despliega como un manual de uso inmaterial para la ciudad, el cual, me imagino, tiene muchas capas y yo solo alcancé en mi corta estancia a  poner en práctica la primera fase. Algo parecido sentí cuando viajaba por Perú y Bolivia: los viajeros se encontraban en los terminales o en los hostales y se pasaban todo tipo de datos, papitas calientes que había que aprovechar, incluso hasta cuánto se podía regatear uno u otro servicio. Sin embargo, esto fue distinto.

El soporte de este manual es una cultura en movimiento. Una “contracultura” para los que creen en eso, una cultura aparte para lo que prefieren esa autonomización. Una serie de rituales presentes en el cotidiano. Una sensibilidad singular se regala y te invita constantemente a ser parte de ella. Un tejido que no se esconde, todos lo enseñan, especialmente, en mi caso, los latinos residentes en la ciudad. A su mayoría los conocí en la librería de Ana (Bartleby & co), librería para lectores en español en la que venden cerveza y vermut, además tienen una biblioteca con títulos joyas para préstamos por una membresía irrisoria, la actividad en la que participé estaba llena y, al parecer, la cosa se arma cada vez más.

Una digresión: no podía dejar de reírme para mis adentros cuando veía a un turco encontrarse con otro turco en la calle. Tiraban la talla igual que los chilenos. En mi cabeza les ponía subtítulos y los gestos eran tal cual. Pareciera que su humor es parecido, la misma chuecura.

Lo más impresionante para mi que vengo de un país en que los espacios públicos y las actividades culturales suelen estar vacías o rasguñando la sustentabilidad, fueron la cantidad de jóvenes copando simultáneamente todas las instancias. Pongo aquí al mismo nivel una lectura de poesía que la noche en una disco. Porque la fiesta allá era mucho más que consumo. Basta solo con decir que hace algunas semanas atrás el sindicato de los dueños de los club financió buses y equipo de sonido para cercar una marcha racista. Fue eso simplemente, una gran fiesta alrededor del resurgimiento del fascismo europeo.

Todos los lugares que visito parecen tener vida propia. Voy a Tempelhoff, un aeropuerto transformado en parque, lleno de gente haciendo asados, deporte, conversando. Luego de un par de calles nos topamos con un concierto contra la gentrificación de ciertos barrios de Berlín. Filas de horas para entrar a los clubs: Afros, latinos, vietnamitas, europeos, se reúnen en torno a la música en diferentes espacios, otros simplemente toman una cerveza afuera de un “espeti”, el minimarket de los turcos, “el bar de los pobres”.

Pienso en la inercia que debe provocar que un psicópata de tu nación haya querido iimponer un imperio mundial mediante el horror. Esa brecha entre el tipo quemándose en esa voracidad y el pueblo llano exige ser llenada.  Es necesario un gran armatoste estético para cubrir ese vacío. Eso se construye con mucha energía, trabajo y arrojo. Es esperanzador ver cómo el lugar del trauma no se adorna ni se esconde sino que se usa como un descampado para echar a andar la creatividad como una biología. Con lo del muro lo mismo: al derrumbarse la segmentación impuesta la mezcla ideológica y cultural se vuelve una necesidad. La interacción vuela. El todo se quiere confundir con el todo lo más rápido posible. Me pregunto sobre Chile ¿será que realmente no hemos recuperado nuestro país? Aún vivimos en gran medida en el campo de concentración desterritorializado, donde a cualquier forma de consumo que no vaya en pos de la deshumanización se le tiene miedo. Nos transforman día a día en los victimarios de nuestra propia humanidad.En el fondo, no compramos libros, no aceptamos nuevas experiencias por miedo a que ese producto no nos complazca. Suena una reflexión adolescente, pero ahí estamos, en una adolescencia post trauma. En cualquier esquina de Berlin uno mira alrededor y no ve la policía nunca, y si están, tiran la talla entre ellos. Que se puede decir de Chile donde los pacos vigilan todos los pasajes. Es simple, en nuestra realidad el estado policial y la gente están enfrentadas.

Me tomo una cerveza con Sergio, me cuenta que Berlín era un llano y que todas las pequeñas colinas que aparecen en la ciudad son pilas de escombros. Yo me acuerdo del ensayo de Montalbetti. Pero sabemos y le ponemos paños fríos a nuestro diálogo laudatorio a la ciudad. Los alemanes también tienen sus problemas. Basta con saber que Berlín es una ciudad que vive en déficit, es mantenida por las otras ciudades alemanas, las cuales son todas como la caricatura. Ordenadas, tranquilas y muy productivas. Aunque no den ganas en esta ciudad, siempre es necesario abrir el espacio a la sospecha.


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