“Yo tenía diez años, y aunque ya estaba acostumbrado a salir rozando el toque a escondernos por semanas y a veces meses en casas de amigos cada vez que alguien caía en cana, Cochrane debe haber sido mi primera experiencia consciente de que la realidad en esos tiempos estaba abiertamente en contra nuestro.” El poeta Camilo Brosdky rescata, desde la memoria de su infancia,  estas escenas de los años de plomo. La dictadura como educación sentimental. La fotografía que acompaña el texto fue tomada por otro poeta, integrante del grupo familiar al que acompaña a la relegación: Claudio Bertoni

 


 

Nos habían dicho —entre muchas otras cosas, casi ninguna relacionada con los vaivenes del tiempo— que Cochrane era un microclima. Sin embargo, al bajar de la avioneta en la que llegamos nos recibió un día más bien gris, si no recuerdo mal; una leve garúa caía sobre la pista medio improvisada de aterrizaje, de asfalto y quizás algo de gravilla, rodeada por los árboles más verdes que había visto hasta ese momento y, seguramente, que nunca veré.

Habíamos llegado después de casi una semana subiendo y bajando de casi todos los medios de locomoción posibles, incluyendo aviones bimotores, barcazas, trenes y buses, donde la avioneta de lona de la que habíamos bajado vivos era sólo la última expresión. Sabíamos que el lugar estaba lejos, pero no imaginamos que tanto.

Mi madre se había fumado una cajetilla entera de Advance en la escasa media hora que había durado el vuelo. Sin radar y con un tiempo de mierda, el piloto se levantaba ligeramente de su asiento cada cierto tiempo para ver si lo que tenía al frente era o no un cerro contra el que podíamos estrellarnos. Nunca en sus más de 25 años haciendo ese viaje el vuelo había sido tan malo, nos dijo una mujer que adoptó a mi madre en lo que duró el tránsito de Chile Chico a Cochrane, y en el que las bolsas de aire se sucedían como pruebas de fe para nosotros, hundidos en los asientos medio desconchados, tomados de la mano yo y Claudio hasta casi herirnos por la fuerza con que nos apretábamos, mientras yo con la mano libre sostenía medio limón pegado a mi boca, dándole mordiscos desesperados ya no para evitar el mareo —como me habían sugerido—, sino simplemente para ocuparme en algo fuera del pánico de irnos a pique en medio de la nada.

Antes de partir, cuando Guillermo recién fue reconocido como detenido por Investigaciones, tras cerca de una semana desaparecido luego del allanamiento a las sedes del MDP y el Bloque Socialista, a mi madre le informaron que sería relegado a Cochrane. Llegando a la casa, y después de decirme que Guillermo estaba vivo, que no tendríamos que eternizar su búsqueda frente a los portones de los cuarteles secretos de la CNI y los pasillos de Tribunales, buscó en un mapa ese lugar que no había existido para nosotros hasta ese momento. Cuando vio donde estaba, lloró. Y después le informó al Claudio que iba a tener que ir con nosotros.

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La pensión donde estaba Guillermo quedaba en calle El Húngaro, creo. Nos demoramos en llegar, y él no nos esperaba. Habían estado —los relegados, Guillermo, el Lucho y Fabián— primero en la parroquia, pero el cura resultó ser bastante facho, así que terminaron expulsados a su suerte en ese pueblo de 1.500 habitantes. La pensión fue nuestra casa por más de tres meses.

Yo tenía diez años, y aunque ya estaba acostumbrado a salir rozando el toque a escondernos por semanas y a veces meses en casas de amigos cada vez que alguien caía en cana, Cochrane debe haber sido mi primera experiencia consciente de que la realidad en esos tiempos estaba abiertamente en contra nuestro. Como alguna vez le comenté a un amigo, y aunque la persecución de los míos era algo integrado, naturalizado desde mi nacimiento e incluso antes, yo ahí —lo veo ahora, que existe ese lugar común de la literatura— no tenía formas de volver a casa.

Primero nos dieron una pieza dentro de la casa. El tubo de la salamandra pasaba por la pared y se perdía en el techo. Claudio tenía una pieza en el segundo piso de esa casa esquina con paredes de tejuela. Como éramos la única familia metida allá, a poco andar nos pasaron una pequeña casita al fondo del terreno, lleno de organizadas matas de frambuesas amarillas, grosellas y corintos. El baño, que era para el uso comunitario, era una pequeña construcción de madera en el patio con un pozo negro. En el pueblo había luz eléctrica de seis de la tarde a diez de la noche, quizás sólo hasta las nueve. El resto era oscuridad y silencio. Y una cantidad inconmensurable de estrellas. A veces, cuando estaba despejado, veíamos las luces de Perito Moreno, donde era más fácil y barato ir a comprar mate y mercadería que a Chile Chico o Coyhaique. Para verlas la atmósfera tenía que estar fantasiosamente transparente.

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Es imposible que este sea un relato de descripciones minuciosas, de detalles. Es más bien el intento por sacar a la superficie alguna silueta de en medio de un dibujo ya borroneado por el tiempo, distorsionado por la propia percepción de los hechos posteriores a los hechos contados. Por lo mismo, es también difícil establecer a ciencia cierta la existencia de diálogos, de comunicaciones efectivas entre personajes con algún grado de dinámica. Acá hay más la impresión de sombras que se atraviesan de improviso por la memoria, de fotografías del pasado, acaso, que vuelven de manera imprevista y es necesario fijarlas sobre la hoja. No es posible buscar acción ni desarrollo. Esto en realidad son sólo unos apuntes, recuerdos, nada más; recuerdos que es mejor dejar escritos antes de que el olvido o la mala conciencia los borren del todo.

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Averigüé la fecha de los allanamientos. Fue el 7 de noviembre de 1984. Mi madre encontró el dato cuando supo que estaba escribiendo sobre esto. Un año y tanto después de las primeras jornadas masivas de protesta. Guillermo se enyuntó con mi vieja en los confusos ’70. Acá se juntan muchas cosas, hay mucha densidad ambiente entre medio. De esto habría que hablar con calma y por partes. Lo intentaremos.

Digamos que tras el Golpe nos fuimos unos meses a Buenos Aires, pero no duramos mucho allá. Las cartas desde Chile que contaban cómo había caído el cierre de la vida sobre los nuestros y los ajenos hicieron que mis padres decidieran volver. Además, la Triple A estaba completamente desatada, ya habían ido a buscar a Moisés —mi abuelo paterno, médico, comunista, miembro del Consejo Superior de la Chile— a su departamento. Se salvó por cosa de horas o minutos de engrosar también las listas, y partió, creo que junto a Roberto, rumbo a Venezuela. Así es que mis padres decidieron volver. El mito familiar dice que el conserje era militante del PC argentino y lo puso sobre aviso. Habría que ver qué hay de cierto en eso.

Pablo estudiaba Educación en Historia y Geografía en lo que hoy es la UPLA, pero en esos tiempos era aún la Facultad de Educación de la Universidad de Chile, sede Valparaíso. Vivíamos en Concón, con mi abuela materna, Berta, militante comunista y cristiana que tenía a un lado de su cama estampas de Cristo y al otro una foto del Che, recuerdo de su paso por Cuba y su Revolución, de la que se enamoró sin retorno. La Berta murió el año ’76 de un derrame cerebral que se pudo evitar, pero que la negligencia no supo detener. El mundo ya se había derrumbado para mi familia en gran medida el ’73, y la muerte de mi Tati sólo vino a patearlos en el suelo.

Por esos años mi padre militaba en el MAPU. Se había integrado antes al MIR, pero el día que se tenía que juntar en el Cementerio General con su contacto en el Partido para vincularse, este había sido detenido. Su contacto era Edwin Van Yurick, vecino de mi madre, amigo de infancia y compañero de colegio de mis padres en el Manuel de Salas, cuando era experimental y prácticamente gratis. Poco antes de caer detenido, el Edwin —Wiwín— se encontró con mi madre, él ya clandestino. La primera foto que me sacaron en la vida me la sacó él, después de mi primer baño, en una batea de plástico. La sacó esa vez que se encontró con la Marietta, cuando la casualidad los juntó por última vez. Salgo yo y las manos arrugadas de mi abuela. El obturador lo presionó un desaparecido, las manos son de una muerta. Esa foto está aún en algún muro de la casa de Concón.

 


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