Gustamos de echar vistazos emocionados a la poesía de otras latitudes, como todo el mundo. En esta oportunidad presentamos unas brevísima selección de poesía joven uruguaya. En gran parte (aunque no exclusivamente) los poemas han sido seleccionados del libro recientemente editado: “En el camino de los perros. Antología crítica de la poesía uruguaya ultrajoven.”

 

Federico Machado

 

reina de los mongoles

reina de los mongoles
jadeante entre las cabezas cercenadas
tus pupilas brillan
cuando los tambores de guerra
vuelven a sus aldeas.

comando de cráneos partidos
en la punta de una lanza tus amigos
en la punta de la otra mis entrañas
el ariete golpea la puerta sellada
al son de los cantos difónicos:

 

fuego en invierno

fuego en invierno

fuego en invierno

la tundra se derrite a pedazos
y la imantación ya no funciona.
debimos haber marcado el camino de vuelta.

reina de los mongoles
las plagas se desataron
pero yo ya no las controlo.
pandora se abrió de piernas
a la furia de los dioses
pero dejó la esperanza en el fondo.
entonces Menem envió la aftosa
cuando el río de la plata se tiñó de rojo
todos corrimos a nuestras casas
a pintar las puertas con sangre de paloma.

reina de los mongoles
voy a regalarte
una bomba de sida
sulfuro en tus manos
para que entiendas
para que sientas el caldo primordial
supurando en tu lengua
mientras tus labios se corroen
y lo rasgado de tus ojos
se confunde con los míos.

 wiessermëier

el escultor que murió en el baldío
(en lo que ahora es un baldío
en lo que antes era su hogar y ahora
es el centro de reuniones clandestinas
de un culto de coreanos ascéticos

(en lo que ahora es un culto de coreanos ascéticos
en lo que antes era una congregación de catequistas
que cazaban marineros coreanos
para evangelizarlos por las calles del bajo

(en lo que ahora es el bajo
en lo que antes era el centro aristocrático
de una ciudad colonizada por el asco
por los calibres de salva 38
disponibles en el corazón del barrio chino

(en lo que nunca fue el barrio chino
en nuestros fragmentados recuerdos de asia
en la ilusión óptica de sus rasgos
en sus inquietantes tiendas de magia barata))))

el escultor que murió en el baldío
dejó un reguero de torsos acéfalos
un océano de enredaderas
una pirámide en el fondo de mi casa
un único ojo en su centro
y una inscripción apresurada:

/aquí yace el desierto de lo real/

Guillermina Sartor

 Mamífero

 No son tus ojos los ojos del mundo
rey de las bestias
tu mapa es el reflejo de alguna pecera
nuestro tacto un vidrio barnizado de saliva

cuadrúpedo de manos estrelladas
qué grato saberte animal a pesar de todo
que mastiques con tus muelas de acero
todo lo que entra en tu boca sucia

 

todo lo que se pretende inerte

¿de qué estoy hecha -sino de un manto de carne-
que tu mandíbula se bloquea cuando me abro paso?

si nunca lograra penetrar tus fauces
si todas las baldosas de tu ciudad
estuviesen marcadas por el orín de tus mascotas insomnes
existe aún un cauce de encuentro
en el punto
donde mi margen esconde una falla

no soy tan pequeña como tu mano en puño
guardo salones en los que entrarías entero
sin tener que encorvarte o agachar la cabeza

no es necesario que partas sigiloso
hacia el fin de la especie:

donde coinciden

mis sombras y mis caras

desaparezco

yo solo busco hacerte correr la sangre por ambos circuitos
al paso de todos los días-todos los días-todos los días
acechando en tu jaula
esperando el ataque de un mamífero separado de su jauría

pero las sombras, pelaje gris, son tu templo frío
porque los animales encerrados en el tiempo
no se distraen con escapar algún día.

 

OS.O.S

Quiero poner el nombre de mi padre en la boca de un oso
para que nade entre los salmones que duermen
lejos de sus crías desovadas en el tiempo
donde el río corre solo de ida
donde el hambre se devora sus casas nómades
donde el sonido misterioso hace ecos
hasta el fondo

 

fondo

 

fondo de la tierra que carga el agua dulce

del deshielo

y para cuando se lo consuman
todos los jugos digestivos y quede

d e l i n e a d o                 por su esqueleto de letras cursivas
y un eructo animal lo disuelva en moléculas
que mueren y sobre-viven en la brisa curvilínea
que guía las horas opuestas al sol,
yo estaré tranquila.

Pero en montevideo no hay montañas ni cazadores
ni salmones nadando por los caños de la ose
ni huevos trasparentes rodando por las avenidas
ni parlantes que amplifiquen el silencio de algún bosque.

El sol: apenas un vestigio
en las sombrías diagonales
allí, en las bocas de lobos adictos
donde se desechan los apellidos mal dictados.

No quiero que duerma en la calle, mal hablado
arrojado en el vómito de las palomas con aliento a nicotina

esquivado
por trashumantes de otros idiomas
donde las casas nómades se devoran el hambre
donde el misterio corre solo de ida.

Quiero poner el nombre de mi padre a salvo

apartado
de los almuerzos de fechas vencidas.

Quiero evitar que confesando su última palabra
me lleve, con él, a la mía.

 

Rodrigo Lima

Negro Aurora

Negro aurora 356. Ojo iluminado profundo y blanco.

Carré está cerca de Venecia, cerca pero lejos, el río satelital púrpura del amor verde que mira entre vidrio y que tiene la boca más hermosa que te puedas imaginar.

Es casi como una llaga, pero al revés. Casi como el nombre del caballero que encabeza la cruzada sin yelmo. Casi, casi Italia.

Pero Florencia está anegada, no es ella. Los inviernos están lejanos pero parecen presentes, tanto como tu aura.

Un insulto impaciente, irresponsable y a destiempo golpea mi paladar. Algo se quiebra, una ilusión ilusionada de la utopía fría de encontrarte.

Encontrarte en una esquina y que me regales tu tiempo para hablar de la forma más idiota que todo el norte haya escuchado jamás y convencerme a mí mismo. Y convencerte a vos también.

El convencimiento es lo que nos aleja de la muerte, ¿no te parece? Me convencieron del convencimiento de querer convencerte, y no es que intente ser del Ártico, sino que quedo congelado cada vez que desmoronás una reserva con una palabra.

El frío entra por los poros de tu sueño helado que apareció un día de tarde, que en realidad era madrugada para vos. Un sueño ultrajado por la mentira que se confunde con consideración.

La tonalidad tuya era propiedad de un marinero impune, de esos que te mostrarían su pulgar sin siquiera conocerte, creyéndose que es un acto amigable o inclusive irónico.

Pasaron días antes de que me blanquearas la situación. Lo hiciste de manera prácticamente azarosa, guiada por el afán de actuar natural. Yo me guardé mi opinión.

No encontré ni al más estúpido de los argumentos para seguir apreciando tu azul acento.

Es angustiante darse cuenta cuando la mente activa ese mecanismo de satisfacción que se alimenta de utopía. Que te desgarra de a pizcas el orgullo solo por imaginar el momento en el que te levantás con ella yaciendo a tu lado en una cama transatlántica que tiene el poder de acercarte a la vida.

Mi mente y yo sabemos que eso no va a pasar nunca, aunque ella perjure que alguna vez la pueda convencer de que soy alguien más.

Los hielos caen en mi vaso como níveas ideas caen de mi mente. Golpean el fondo. Flotan y giran. Las absorbo de un saque, repetidas veces. Al final de la noche sé que son simples ilusiones y no ideas.

Maldigo por no haberlo hecho mejor, pero tampoco quiero enmendar nada.

Me siento próximo a la mesada de la cocina, sigo brindando por los buenos tiempos y sollozo por aquellos que te abrazan siempre.

Vuelvo a la realidad.

 

Una clase en el lariat

Fue el sol cuando se mezcla con la brisa del mar el que la despertó para encontrarse atada a mi sillón. Sin cintas, ni vendas, ni cuchillos en los pies.

Tu pelo había ya perdido tinte desde la última vez, emergiendo la luz de tu cráneo, y llenando la habitación del color del mar cuando se nubla la vista.

Toda clase se prueba con una expresión, con una mueca de alabanza o de dejo, si no se usufructúa mi alma.

La luna asesinando al sol mientras intento descifrar un idioma que nunca oí, pero que me hace salir de mi caja de vez en cuando.

Cada palabra era una víctima del otro mientras fabulamos rasgos inexistentes, que embellecen mi sentir hacia vos. Eso me alcanza.

Las marcas de la mesa sin subsanar eran las mismas que las que mis ojos llenos de vidrio presentaban a tu cara que, emocionada por la vergüenza, miraba horas apreciando mi mente turbia hace ya un rato.

Solo un vidrio separaba tu arma de la mía, mucho menos dócil y fuerte. El lariat en el medio del cuarto, como la balanza de la tragedia en significación continua y enlazada.

Seguramente sea culpa de mis padres, aunque el psiquiatra que ahora reposa en el placard asumía que era la ciudad.

Soy el primero en aceptar que arrodillarse en cinco días no es más que un acto humillante. Aunque eso me alivie el dolor de espalda.

Pero allí estábamos, en juego de dos, con las cartas de póker rotas hace rato en el piso.

Todos los ángulos en simetría se alineaban a través de tu esfera que se dilata cuando mirás fija mi frente. Cuchillos fuera.

La diferencia es que vos no sabés que no se muere de asfixia, el lariat es mucho más benévolo que eso. El cuello se quiebra y ahí no hay más nada, cosa que a esta altura es mejor.

Mejor aún que eso. No te vas a morir, y yo tampoco. Aunque probablemente nadie salga bien de esta, al menos no del todo, digamos, casi bien. Como siempre no tengo nada que perder, me satisface verte saltar sobre la cama, como la loca que sos.

La posesión y el egoísmo probablemente me animen a patear la silla algún día y revelar mi futuro, llegar al punto B al que me dirigí toda mi existencia, el boleto que ya me gasté por no querer bajarme en otra estación sin ni siquiera haber inspector.

Sabemos bien la razón del diálogo que es lisa y llanamente quien habrá de colgarse en el lariat.

Me animo y lo hago por vos, porque me fascino cada vez que tu lengua toca tu paladar y de ahí, maravillosamente, sale el sonido que siempre esperé escuchar.

Sos mucho más considerada que yo y el lariat queda vacío y yo con el cuello roto y vos enlazada a él.

 

Carolina Silva Rodé

cien conejos petulantes que reniegan el contacto
muertos en los arbustos

otra tarde que se abre
y cae la noche
y caigo al suelo
y caemos
al ciclo frenético de escarnios y disgustos y desesos

madres y conejos
y a veces también pescados

todos los bichos que no nos gustan
levanto el cadáver con la mano desnuda
tirando de la oreja
un gato enciende los ojos verticales

apenas entra la luz, mucho menos
la muerte

dejo noventa y nueve conejos muertos
y me llevo el otro, espíritu que trastabilla
el gato no me sigue pero sabe
y hace que sepan más gatos

en esta escena
somos más los vivos pero igual

estamos amplísimamente superados

todos los bichos que no nos gustan
comandan el universo

 

Bentura, primer intento 

¿

un seseo recorre mi cuerpo cuando cierro los ojos. no aprendí la palabra sinuoso hasta años después

pero ya había leído harry potter.

 

un universo léxico hermoso representado por esa serpiente indigna en una pecera. una frase ominosa, saliendo orgullosa de un hombre blanco ficticio:

le sacamos
el veneno

 

¿qué proceso puede desarmar así la naturaleza?
¿qué hace el hombre con las armas robadas?
y otra ficción se deposita inalámbrica en mi ilusión de siete años:
ciento
cincuenta
pesos

escuchamos después:
no puede ser

la cifra podía haber sido un millón de veces la misma. sólo significaba lo que también significa su ausencia:
NO.

 

me quedan escasísimos siseos. me sumerjo en otros universos sibilantes: habrá senderos sinuosos, en sonidos o en sueños.

de bífido, nada.

 

*

 

GYŐR

 

En el fondo del pozo había dos hombres húngaros.

Uno, muerto; solo retorciéndose por alguna maquinaria macabra del universo y quizás solo para este momento y esta confusión: el otro, vivo, se parece tanto al muerto que se disipa la conciencia de que son entidades diferentes, identidades separadas con la fatal capacidad de estar en puntos distintos del espectro vivo-muerto que, a su vez, podría en realidad ser una contrastación binaria y sencilla más que un espectro propiamente dicho, aunque puede discutirse que el muerto no estaba tan muerto aun sin estar vivo, y que el vivo no estaba tan vivo sin aun estar muerto.

Pero un poco vivo, sí. Un poco vivo, vivo como para saber que tendrá que rezar gracias por parecerse al no tan muerto y por haber sido unido y confundido en algún nivel con otra entidad y por habérsele obligado a una paridad intrínseca con el no tan muerto; todo esto para permitirle minutos más en que escribiría

 

  1. La paciencia florece así, con la muerte

 

Y firmaría Radnòti antes de morir y olvidarse del asunto.

 

Maite Burgueño 

Ataque

Prendo una vela en el corazón del bosque:
aún la justa medida
es demasiado.

El hombre solo se reconocerá en el exceso
-dos bestias se adivinan casi siempre-
donde no pueda discernir
hacia qué lado corre la sangre
y trace un mapa calcándose
el recorrido de las venas
para llegar inútil al presagio
que siempre durmió debajo de su lengua
-como dos trenes que sienten cómo se doblan y se encuentran
sus vías a lo lejos-

Pero no quiero quedarme pensando
en qué punto del espacio-tiempo
algo se considera lleno
porque entiendo, yo nunca podría
huir de un incendio

yo sé que mi voz seguiría resonando en las cortezas chamuscadas
mezclándose con la sombra
-esa parte cancerígena de toda cosa-
mientras se desplaza encapsulada en la vibración del silencio
por las grutas de los huesos de las antenas parabólicas
por las fibras caleidoscópicas que estructuran el humo
por las líneas de las manos inermes de cualquiera
que se atreva

a dormir por las noches
otra vez
luego de haber presenciado la ceguera
del fuego como una invitación

 Certeza

En todo transcurrir
se esconde una espera.

Quien no se crea tolerante
ante la imagen de un cuarto vacío
que muestra más que unas bocas abiertas
-no quiero decir que son las mías-
deberá admitir entonces
el miedo.

El ritmo de la falta golpea siempre
pero nosotros ya aprendimos cómo asedia la noche
absorbiendo el reflejo del fuego en las paredes de cristal
absorbiendo como si a uno le arrancaran las huellas dactilares
los poros las líneas geométricas de los rasgos;
todo borde repasado: ido

eso me pasa
cuando el deseo es una torre escondida bajo tierra
y me miro y el espejo me devuelve la cara de mi madre
refractada en los siete ángulos de la casa
y me paso ocupada
en ver al terror filtrarse
por cada espacio medio de la espalda
hasta exhumarme
de mi propio cuerpo.

Las vértebras: veinticuatro columnas de humo de cuatro cabezas

pero la duda
siempre es un péndulo
que no logra cortar el aire:

 del otro lado de las llamas
hay tanto que no existe
y creemos conocer.

 

 

 


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