En Roma el turismo desaforado no permite el habitar de la juventud local o extranjera que se quiere establecer, por tanto no hay cultura viva, ni niños, solo grupos gigantes de ancianos caminando por la calle conectados a audioguías. La ciudad está atosigada y es imposible arrendar un espacio para vivir. De esto me di cuenta al llegar a Bolonia. Fue pasar de ver una cadáver de esos santos por los que el tiempo no pasa, místicos que permanecen impolutos y masas de gente peregrina recorre miles de kilómetros para mirarlos pero más allá de esa primera impresión hay un precipicio, abajo, vacío. A ver la juventud en movimiento, las calles repletas de residentes efervescentes conversando, debatiendo, las paredes de las calles rayadas con consignas políticas y  stickers pegados llamando al antifascismo. Y es que, al costado izquierdo de su casco histórico, se erige desde tiempos medievales una universidad que parece a momentos una ciudad independiente. Una biblioteca tan grande vibra hasta alterar cualquier biología que la circunde. Entre cimientos tan pesados y que han pesado tantos años sobre la tierra, el pensamiento es algo mucho más liviano en relación y por lo tanto, más dinámico, en suma, un ejercicio de liberación que no persigue un producto que permanezca en el tiempo. Nuestras universidades en cambio están hechas de fierro y concreto, la misma estéticas que las soluciones habitaciones que se compran a crédito e intentan aparentar modernidad. Deberíamos dejar el hábito de ir a intentar pensar en esos edificios. Para nosotros, el lugar para pensar es el paisaje, los mercados de barrio, las fiestas, todos nuestros rituales ancestrales. Bolonia logró hacer de la investigación, la pregunta, la problematización en cuanto a cómo resolver las necesidades básicas una práctica cotidiana, al contrario de Roma, no se sacraliza a sí mismo y por lo tanto no se cristaliza ni reprime la historia. Genova no es ninguna de las dos. Una chica a cargo de la entrada de la catedral me dice muy seria sobre una torre que no se ha reconstruido después de la guerra: aquí en Génova somos así, lo que no necesitamos, no lo reparamos. El casco histórica se ha dejado a la historia. Capas de polvo y grasa, por lo mismo se conserva en su esencia. Entre su entramado de pasajes y callejones se despiertan los instintos más profundos, como un marinero que acaba de bajar del barco y quiere sumergirse ahora en la ciudad.


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